30 Sep Misión y visión del MACVAC
La culture n’est ni simplement juxtaposée, ni simplement superposée à la vie. En un sens, elle se substitue à la vie, en un autre, elle l’utilise et la transforme pour réaliser une synthèse d’un or-dre nouveau (Lévi-Strauss, 1967: 13).

Explica Sztajnszrajber (2013) que el arte explora. El sentido etimológico de buscar el saber o amar el saber tiene que ver con eso, con que la persona que visita un museo de arte contemporáneo no se contenta con lo que se presenta como «normal», sino que quiere saber qué hay detrás, cómo se juega a esa normalidad. No puede no haber una exploración, pero es una exploración que no va en busca de la verdad, sino que va a cuestionar las verdades establecidas.
Baudelaire (1863), hablando de la modernidad y la belleza, mostraba el contraste entre lo eterno y lo efímero. El arte tiene esas dos características. Los temas son los mismos, pero siempre acaecen bajo el traje de su tiempo; y ese ropaje también disuelve la idea de que hay una categoría que se reproduzca idéntica a sí misma. Y esta es la razón por la que hay que escoger caminos por los que las personas puedan recorrer el museo con sus modernas ropas.
Los museos cambian. Se repiensan, reconsideran y redefinen constantemente: su misión, visión, aproximaciones, métodos y modelos no son inamovibles, sino que responden a éticas, políticas y contextos. La relevancia del museo desde su rol como facilitador en la conversación social y en las experiencias críticas no es nuevo, se ha escrito sobre el museo como foro, el museo crítico, el museo participativo, el museo consciente en sus diferentes variantes, el museo distribuido, el museo 3.0, y otros tantos, lo que viene a mostrar que es necesario un museo responsivo frente a la actualidad de su contexto (Simon, 2010). Y esto solamente es posible si se concibe como o desde un rol cívico y político, en términos de diversidad, equidad, accesibilidad e inclusión.
Muchos museos e instituciones culturales –de manera consciente o inconsciente– toman distancia de cualquier asunto que consideren político. No obstante, toda decisión es política: qué artistas abarca su acervo, cómo se han integrado a éste; cómo se presentan las obras, la relación que mantienen con sus usuarios, la manera en que distribuyen su presupuesto, quiénes trabajan en el equipo, cómo se recorre el espacio… porque incluso no adoptar una postura es una declaración. Ese no es el camino. Los museos son instrumentos de poder para representar puntos de vista mundiales basados en epistemologías particulares (Pinto Ribeiro, 2018: 1-7). Los ideales políticos y artísticos a los que responde el museo pueden traducirse en la incorporación de otras narrativas frente a las consideradas verdades incuestionables, lugares para poner a prueba la manera en que entendemos el mundo, así como la forma en que participamos en éste (Tala, 2018).
Para que la influencia o la capacidad transformadora de un museo permee hacia afuera de la institución, debe aceptar su naturaleza política y responder a los retos que enfrenta su comunidad, pues no se puede ser un reflejo de la sociedad desde lejos o fuera de ésta. Las instituciones culturales deben ser conscientes de no despegar sus valores de lo que exhiben o comunican. No es defendible una noción binaria de museo y comunidad, como si ambos fueran ajenos el uno al otro. Obviamente, el museo es parte de la comunidad, está inserto en ella.
Cabe preguntarse ¿Qué hacemos para que el museo sea parte de las personas? ¿Cómo abordamos las inquietudes y necesidades de sus usuarios? ¿Cómo colaboramos juntos en los procesos y decisiones? Desde la década de 1970 han sido constantes los foros en los que se ha demandado o planteado una nueva forma de pensar sobre los museos y la relación con sus audiencias. Algunas expresiones como museología social o participativa o el concepto de museo-foro se encuentran hoy con frecuencia en el discurso de la mayoría de las instituciones museísticas y en los objetivos de la política cultural (American Association of Museums, 1997). No es necesario discutir sobre la evidente relevancia de las políticas sociales de un museo, pero sí tratarlas con la objetividad que merecen, pues no se trata de etiquetas vacías de contenido.
Al trasladar el centro de interés del museo al visitante se ha creado una bipolaridad entre, por un lado, la investigación y conservación de la colección y, por otro, la búsqueda de un público diversificado que experimente en la institución. Y que se divierta también. Podemos considerar esta situación como una tensión, la fuente de una contradicción que puede empujar el desarrollo de los museos hacia la paradoja; o también como un equilibrio necesario que garantice el buen funcionamiento del museo como institución permanente, sin ánimo de lucro, al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierta al público y que realiza investigaciones sobre los testimonios materiales (en el caso que nos ocupa, artísticos), los incorpora, los conserva, los comunica y, en particular, los exhibe con fines de estudio, educación y disfrute.
En el Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés se entiende que la incorporación, conservación y exhibición de obras de arte debe cuestionarse desde una perspectiva social. Es decir, aunque una colección y exhibición sea representativa de una comunidad en particular, debemos preguntarnos permanentemente si el hecho mismo de exhibir esa colección es relevante en esa cultura social que pretendemos representar, porque ahí es dónde está realmente lo importante. Pareciera como si muchas veces, los museos, desbordados por la democratización de la cultura (principio obviamente loable), se ven atrapados en la obligación de estar abiertos a todos y de justificarse ante los organismos, públicos o privados, que los financian. Una institución museística está indiscutiblemente establecida en una comunidad y tiene responsabilidades frente a esa sociedad. Se trata de hacer público una especie de contrato particular que se firma entre el museo y el entorno, y esto es lo que define su misión. Y es también lo que debe ser la base de su funcionamiento, el elemento de estabilidad sobre el que se construye el proyecto y los objetivos. Gracias a ello, podremos esclarecer el lugar del museo y sus responsabilidades en relación con la sociedad, conocer su acción de forma pertinente y eficaz, de manera que cumpla plenamente su rol social.
No se trata de uniformar sino de afinar las diferencias; no se trata de identificar leyes utilitarias, sino de desarrollar áreas sensibles; no se trata de ser eficaz, sino de redescubrir la loca abundancia de lo real.
El museo es una «institución permanente, al servicio de la sociedad y su desarrollo» (este es el comienzo de la definición de Museo por el ICOM). Este principio, en demasiadas ocasiones, parece haber sido tomado como una figura retórica, pero en el Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés fue su principio fundacional. El MACVAC es una base, es estable dentro de un territorio, al servicio de la sociedad en la que se encuentra, y busca apoyar o promover su desarrollo cultural, social y económico. La noción misma de base es importante, pues el museo actúa como un elemento de cimentación en el que es posible apoyarse para tejer lazos sociales o aferrarse a ellos cuando el equilibrio está en entredicho. Una base construida a partir de las especificidades del territorio.

La misión: un museo conversacional
Durante mucho tiempo la colección ha sido como el corazón del museo, y su conservación su principal actividad. Todavía es considerada por la mayoría de los curadores como la base de la institución, lo que le da sentido y una cierta especificidad. Es cierto, en gran medida, pero la relación que los profesionales de los museos y el público tienen con ella se ha transformado, e incluso la noción de colección, si no ha cambiado, sí se ha ampliado.
La colección ya no se define simplemente a partir de los objetos que la constituyen, sino por todos los testimonios, las fuentes y los enlaces que se asocian. Un conjunto que es a la vez material e inmaterial, porque incluye las ideas, los conceptos y las historias íntimas u oficiales asociadas a cada obra, cuya preservación parece igualmente imprescindible para apreciar su importancia. En el Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés, generaciones de visitantes han contemplado, solos o acompañados, obras de arte que asociaron con ideas, e intercambiaron emociones o recuerdos. El objeto, que constituye el corazón de la práctica museística, aparece a la vez en su dimensión histórica y artística, y en la emocional y subjetiva, como portador de historias e imaginaciones.
Es con esa concepción de la colección con la que se deben establecer vínculos con el territorio, con su población, con el presente y la actualidad más cercana, así como con la historia, el conocimiento y los recuerdos colectivos. Sin esta disposición, el museo sería una materia inerte y obsoleta. Desde esta perspectiva, los museos no sólo aparecen como lugares de conocimiento o placer, sino que se presentan por encima de todo como lugares de reconocimiento y legitimación.
El Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés no tiene un discurso expositivo lineal, no hay un orden diacrónico, ni siquiera una única razón para el montaje de cada sala. Es posible que, a priori, ante esa aparente situación de caos, se produzca cierta confusión. Eso suele pasar cuando nuestra mente aspira al orden, cuando nuestra forma de razonar parte de la idea de que pensar es poner orden a las ideas que compiten por explicar la realidad. Pero la realidad es interpretable y, por lo tanto, puede ser considerada más real cuando una lógica inexorable la interpreta y emerge de ahí un particular relato sobre ella. No se trata de ofrecer una muestra sin relato, sino que, ante la incomprensión de lo que significa lo que nos rodea o aquello en lo que estamos inmersos, el relato debe construirse libremente.
El espectador debe percibir el caos social y abrazarlo sin abandonar la acción, sin pretender tener una explicación para actuar. Es posible encontrar el camino que nos lleve a la responsabilidad colectiva de avanzar juntos apostando por la armonía implícita de ser humanos.
Es precioso notar en los visitantes, al acceder al museo, un momento previo de inquietud, es como un silencio sordo que precede a la sorpresa. El Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés busca despertar la curiosidad como un elemento que potencie la creatividad, promover procesos de indagación que lleven a los visitantes mucho más allá de lo que ven. Por eso sus obras van cambiando para que todas puedan ser vistas en alguna ocasión, con lo cual, recorrer las salas del MACVAC se convierte en una experiencia diferente en cada visita. Para garantizar este proyecto museístico, las obras establecen diálogos entre artistas de distintas generaciones que comparten sala, a la vez que se invita al visitante a introducirse paulatinamente en las distintas tendencias del arte contemporáneo, desde una mayor presencia figurativa hasta la abstracción geométrica, pasando por el realismo social, el informalismo, la abstracción lírica o el arte cinético. Pero además un museo de arte contemporáneo precisa incorporar obras, lo que supone prestar una especial atención a las últimas tendencias del arte.
El Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés es así porque en él está prohibido sacrificar las utopías, las libertades, los espacios de diálogo y todo lo que representa confianza hacia el valor de lo humano. Las respuestas que nos demos al visitar sus salas reconfigurarán el sentido de lo plural y lo singular, del valor de la experiencia y de la creatividad. Aceptemos la validez de ese supuesto caos, y rechacemos la deriva de las lógicas que solo nos conducen a un profundo y deshumanizado abismo.
El Museo conversacional es un lugar de expresión para todos y todas, inclusivo por naturaleza, que orquesta el mestizaje de las culturas y sus formas de expresión. El discurso del museo está abierto y es comprensible para todos, porque procede de todos los registros de recepción y no se restringe a la historia del arte. Es un museo que se integra en la comunidad, que contribuye a la educación de la mirada, a la formación del espíritu crítico, a la ordenación de los puntos de vista. La mediación ocupa en el MACVAC un lugar central, pero sus modalidades se transforman a favor de la pluralidad de los usuarios. El museo conversacional es donde el debate multiplica las opiniones.

La visión: un museo casa común
Olafur Eliasson (2010) concibe al museo como un espacio de creación (coproducción de realidades) conectado con su contexto y responsable con éste, para que su potencial expansivo se proyecte hacia afuera de la institución, hacia la vida de las personas, derribando la idea de que el museo es un mundo alejado de la realidad de los usuarios. Efectivamente, las responsabilidades que incumben al mundo de los museos van mucho más allá del ámbito de la misión tradicional de conservación e investigación. Hoy, el museo es transmisor de memoria, productor de emoción estética y mediador intercultural. Y mañana, más aún, su vocación plural será decisiva para contribuir al diálogo entre culturas, la educación cívica y la convivencia, la comprensión de las identidades individuales y colectivas, la multipolaridad y la plurisocialización (Boylan, 1992).
En muchos casos, más si cabe en uno de los museos de arte contemporáneo en activo más antiguos de España como es el Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés, persiste una imagen desactualizada del mismo, un sentimiento de intimidación y la idea de que se trata de una institución al margen de las cuestiones sociales. Sin embargo, el museo está constantemente inmerso en una reflexión sobre los valores que unen o dividen a la sociedad, el deseo de promover un pensamiento común que sea inclusivo más que excluyente. Pero este compromiso ético y cívico no llega a materializarse plenamente en propuestas (exposiciones, programación cultural, acciones educativas y de mediación o formación) que aporten otros puntos de vista sobre las colecciones. Hay que plantear otros recursos, pues, por muy relevantes que sigan siendo la historia del arte o estética, ya no son suficientes para llegar a un público caracterizado por la diversidad y el mestizaje de prácticas culturales.
La experiencia del museo, de sus colecciones, de sus exposiciones, debe seguir siendo una aventura de emociones y pensamiento, y debe serlo para todos. El museo como casa común es un instrumento de hospitalidad, de inclusión, de apertura a la diversidad, de transmisión, de cooperación… es un espacio de convivencia, un vehículo de bienestar social e individual. Y es también el lugar de la aventura de la autoconstrucción y de las relaciones sociales a través de la vivencia de una cultura plural (Black, 2012).
El Museo de Vilafamés puede asumir legítimamente una misión de fermento de democracia cultural, es decir, de educación en el juicio crítico, de reflexividad, de apertura a los demás y defensa de los valores democráticos. En términos más generales, el museo puede desempeñar el papel de un foro cultural permanente.

El arte contemporáneo del MACVAC
En el MACVAC queremos un arte para enseñar que el infinito es hermano del azar, y que los dos miden nuestra ignorancia acerca del funcionamiento del mundo. Queremos obras de arte que reduzcan nuestro analfabetismo cósmico y humano, diluyan nuestro tedio, nos mantengan en conversación con otros seres humanos.
Y queremos espectadores atentos a lo desconocido que llama a su puerta. Queremos obras de arte que nos hagan soñar. Es tan simple como soñar sabiendo que los sueños no son una ciencia exacta. Defendemos el arte como ingenio inteligente que nos enseñe a vivir jugando, a conseguir la libertad. Inteligente, hemos dicho bien, pues el arte debe ser el cauce de la rebelión de la inteligencia que quiere dejar de ser seria para huir de la servidumbre de la lógica, del sentido común. La inteligencia al hacerse ingeniosa se vuelve lista. Evidentemente, la defensa de este tipo de arte desemboca irremediablemente en la ambigüedad, casi como una categoría estética, porque todo es equívoco, y en que se considere artista todo aquel que el público admita como tal, dado que el fin último de arte no es crear belleza sino libertad.
La función del arte
El arte sirve para hacernos más felices. Por eso es responsabilidad de todos. Dando por hecho que todos, como humanos, somos gestores de nuestra cultura, aunque sea inconscientemente, porque todos vivimos según nuestra propia concepción del mundo, el arte debe servir para facilitar que la gente tenga libertad de elegir la evolución de su propia cultura, sin generar una pseudocultura intelectualoide sin respaldo, condenada a ser incomprendida, sin renunciar a la calidad, la genialidad y el inconformismo. Además, el arte en su función consigue el placer en el espectador desarrollando el gusto por la contemplación artística. Lo subjetivo debe imperar en el mundo del arte porque el lenguaje artístico permite múltiples interpretaciones; dependiendo del ojo que lo ve, el ojo que todo lo ha visto y el que no ve nada, el discurso artístico se amplía.
Dice Antonio Gramsci (1967) en Introducción a la filosofía de la praxis que hay que destruir el principio mayoritariamente difundido de que la filosofía es algo muy difícil por el hecho de ser una actividad propia de una determinada categoría de científicos especialistas o de filósofos profesionales y sistemáticos. De la misma manera, y quizá por un empeño de los propios profesionales, la gestión del arte ha ido instalando una barrera entre la élite que entiende y el pueblo que no. Así pues, nuestra primera labor como museo de arte contemporáneo sería la de demostrar que todas las personas gestionan su cultura, que es la cultura de todos. Es esa la verdadera cultura, la de la tradición continua y mutante. Dando por hecho que todos, como humanos, somos gestores de nuestra cultura, aunque sea inconscientemente, porque todos vivimos según nuestra propia concepción del mundo, debemos analizar hasta qué punto sería necesaria mantener esa inconsciencia o revertirla consciente, lo que es la verdadera tarea del profesional del arte. Es decir, el arte parte de una concepción del mundo impuesta mayoritaria y mecánicamente por un ambiente exterior, o sea, por un grupo social en el que nos vemos inmersos desde que nacemos, nuestro pueblo, nuestra educación; y su obligación es posibilitar que la gente pueda elaborar su concepción del mundo consciente, pensando, eligiendo sus actividades, participando en la evolución cultural del mundo, siendo guías de sí mismos y rebelándose contra la permanencia estática de su propia cultura.
El arte que interesa en el MACVAC es el de la gente, y creemos que el arte debe servir para facilitar que la gente tenga libertad de elegir la evolución de su propia cultura. Criticar la propia concepción del mundo es hacerla coherente, y eso nos une como seres humanos. Esto requiere criticar también nuestra concepción del arte de manera continua para saber lo que se es realmente, lo que se quiere ser a partir de las huellas que hemos ido acogiendo históricamente sin beneficio de inventario.
En el MACVAC no se contempla otro concepto de la cultura que el sociológico, lo que nos rodea conforma la cultura a la que pertenecemos y, por ello, rechazamos el concepto antropológico y decimonónico de la alta o baja cultura y de supracultura o subcultura. El arte es cultura porque es un medio expresivo y creativo humano, no hace falta añadir más.
El arte es un acto intelectual y social
La actividad artística requiere del productor y del consumidor. En ambos, en el creador y en el contemplador, la obra se transmite por medio de los procesos de la experiencia estética, los descritos por Jauss (1986): la poiesis (producción), la aisthesis (recepción) y la catharsis (comunicación). Indudablemente con estos procesos de producción y recepción de la obra creada, la experiencia estética por parte del artista y del espectador llega al convencimiento de ser un acto intelectual y social.
La praxis artística no puede dejar de ser en principio polémica y crítica, como ejemplo de superación del modo de pensar. Es decir, debe presentarse como crítica al sentido común, después de haberse basado en ese mismo sentido común para demostrar que todos somos creadores de nuestra propia cultura. No se trata de introducir una cultura nueva, sino de hacer crítica de la que tenemos.
El valor del arte
El arte no debe considerarse sólo por su forma o en su representación, sino por su valor, y el valor de su forma y representación es la razón por la cual es arte. La concepción del arte como algo poseedor de un valor intrínseco representa una visión esencialista; es decir, el valor se considera como una propiedad esencial (que hace ser a la obra de arte) y no como una propiedad accidental o contingente (que puede o no tener el arte). Sin embargo, la gran mayoría de las veces esta conceptualización no se efectúa de manera explícita. Un ejemplo de ello es considerar, de manera implícita y tautológica, que el arte tiene valor por ser arte. El arte no tiene valor por ser tal, sino que lo es precisamente por tener valor. Y además ese valor es múltiple y variable. ¿Y quién otorga ese valor? No el mercado. No el crítico. No el artista. El valor lo otorga la sociedad, la gente. Lo cual no contradice que el entendimiento sea la base del intelecto.
Además, la forma o el acto que constituyen el arte pueden tener diversidad de valores pues son diversas las aproximaciones para su conocimiento. Si el ser arte es la suma de la forma o acto y todos sus valores posibles, a más potencia o calidad de la forma o del acto cultural, mayores son los valores. Por eso una correcta realización material propicia un acrecentamiento del valor. La importancia, calidad o cantidad de valores que nosotros le demos a una forma o acto es directamente proporcional a la necesidad de ser visto y disfrutado.
No existe un arte conceptual disociado del material ni un arte material digno de ser valorado si no es por su valor inmaterial. Los elementos culturales lo son en tanto existe una forma y un valor atribuido. La forma puede ser física y por tanto medible, pero también puede ser cualitativa, como el andar, el estar sano o el oír música. Sin embargo, esta forma por sí misma adquiere cualidad cultural cuando va unida al valor que nosotros le atribuimos.
Los valores del arte que tienen que ver con la concepción de nuestro mundo, es decir, los ligados a nuestra imaginación o intelecto siempre tendrán más peso que los valores ligados a un aspecto material o técnico. El valor que le damos al arte que consideramos parte de nuestra concepción intelectual del mundo es siempre mayor que el que le damos al arte que consideramos únicamente necesario (por su condición de generador de recursos económicos, por ejemplo).
El conocimiento del arte
La difusión del arte, su conocimiento, es un fin principal de la creación artística. Todo arte, sea material o inmaterial, existe porque está en nuestra mente. Es por tanto, su percepción el valor que hay que considerar. George Berkeley (1992) dice que las diversas sensaciones o valores que nos llegan por los sentidos no pueden existir más que en una mente que las perciba. No es posible que nada tenga una existencia fuera de las mentes o seres pensantes que las perciben. El arte que no es conocido por mi no existe en mi mente, y por tanto no tiene ninguna existencia. Atribuir al arte una existencia independiente de la valoración que un ser humano haga de él es una abstracción ininteligible.
El derecho al arte
La anterior consideración entronca con la afirmación de que todo el mundo merece y puede comprender y disfrutar del arte. Según John Stuart Mill (1939) no hay nada que justifique que toda persona no disfrute como herencia de una cultura intelectual suficiente que le proporcione un interés inteligente por el arte que puede contemplar. A menos que a tales personas se les niegue, por una legislación o política nociva para el arte, encontrarán siempre una existencia placentera en la contemplación y valorización de los objetos de su estimación. Ludwig Feuerbach (2002) afirmaba que el hombre no se distingue del animal sólo por nuestra capacidad de raciocinio. Quien no piensa no es hombre, pero no porque pensar sea causa del ser humano, sino porque el pensar es una propiedad del ser humano. Del mismo modo tener cultura no es una consecuencia de nuestra humanidad, sino que es una propiedad del ser humano.
Ahora bien, en la concepción de la cultura, no sólo está la capacidad de pensar, sino también la de sentir. El arte debe tratar de conseguir una unidad entre nuestro pensar y actuar, y nuestro sentir. Y no se trata de encubrir la diferencia sino de tratar de que el objetivo esencial de nuestro sentir sea también el objetivo esencial de nuestro pensar.
En contra
El MACVAC se posiciona en contra de que en nombre de una ética o de un juicio estético se cercene y coarte la libertad de la expresión artística, de la libre expresión, y lo que es peor, a que se nos diga qué podemos ver y qué no, fomentando el acritismo y demostrando un completo desprecio hacia la sociedad, a la que se la supone menor de edad e incapaz de escoger qué le gusta y qué no.
El arte sostenido nada más que en el mercado sólo tiene el valor del mercado. La deducción «si vale tanto debe ser porque es arte» es un fraude y un insulto a la inteligencia. El MACVAC se niega a considerar que el mercado marca los valores artísticos. El arte sin valores comprobables por el espectador, no es arte, es dogma que tenemos que aceptar y asimilar como arte. De ello se desprende que sin la experiencia estética que produce la contemplación del arte, éste permanece sujeto a los dictados de aquéllos que desean obtener un beneficio económico.
El arte necesita talento, que el artista tenga algo que mostrar a través de su obra y que sepa cómo. Si no es necesario un proceso intelectual, cualquier objeto es arte, todo es factible de convertirse en arte, no hace falta preparación, ni esfuerzo.
Somos los que decidimos qué arte queremos. Somos los que decidimos. Ejerzamos ese derecho.

Redacción: Joan Feliu
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