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MACVAC en MARTE

MACVAC en MARTE

El MACVAC ha colaborado desde sus inicios con Marte, una plataforma para la difusión del arte contemporáneo que realiza actividades durante todo el año y culmina en noviembre con la celebración de la Feria de Arte Contemporáneo de Castellón.

Marte, que a lo largo de sus seis ediciones se ha posicionado como la feria de arte más importante del Mediterráneo, se caracteriza por dirigirse a todo tipo de públicos y por ser la cita ideal en la que iniciarse en el coleccionismo.

En la sexta edición de Marte, el MACVAC participará con una serie de obras que se acercan desde distintas miradas al concepto de la abstracción.

Además, el MACVAC acogerá una exposición con una selección piezas colección Javier Merita, con el comisariado de la Galería Punto de Valencia.

A continuación os referimos las “instrucciones” para experimentar Marte:

Generalidades sobre cómo experimentar la visita a Marte

Tómate las siguientes líneas como una reflexión orientativa. Tampoco hagas demasiado caso a lo aquí expresado. Experimenta.

Aislacionismo versus contextualismo

El aislacionismo es la concepción de que, para apreciar una obra de arte, sea de la disciplina que sea, no necesitamos sino contemplarla, oírla o leerla. Por lo tanto, no es necesario salir de ella para consultar los hechos históricos, biográficos o para compararla con otras, sea de su campo o estética o no. Es más, muchos suponen, aún hoy en día, que cuando una obra de arte necesita de la comparación con otras para ser valorada, es que no es autosuficiente y, en consecuencia, es estéticamente defectuosa. El crítico inglés de arte Clive Bell,1 por ejemplo, entendía que para apreciar una obra de arte no necesitamos ir acompañados de ningún bagaje de conocimientos mundanos. Según Bell el punto de partida para toda experimentación estética debe ser la experiencia personal de una emoción particular. Los objetos que provocan esta emoción serían los que llamamos obras de arte.

Todas las personas sensibles están de acuerdo en que sienten una emoción peculiar provocada por las obras de arte. No se refería Bell, por supuesto, a que todas las obras provocan la misma emoción. Por el contrario, toda obra produce una emoción diferente. Pero todas estas emociones son reconocibles.

Que hay un tipo particular de emoción provocada por las obras de arte visual, ya sean cuadros, estatuas, edificios, macetas, esculturas, o piezas textiles, no se discute. Creo que cualquier persona es capaz de sentirla. Esta sensación se llama emoción estética, y si podemos descubrir alguna cualidad común y peculiar a todos los objetos que la provocan, habremos resuelto lo que se considera el problema central de la estética. Habremos descubierto la cualidad esencial en una obra de arte, la razón de ser que distingue a las obras de arte de todas las otras clases de objetos. Lástima que no sea tan fácil.

En base al planteamiento del párrafo anterior, el aislacionismo concluye que si hablamos de estética pura sólo tenemos que considerar nuestras emociones y su objeto. Es más, no tendrías ningún derecho ni necesidad de buscar la historia detrás del objeto o de investigar el estado de ánimo de quien lo hizo.

Así, una obra de arte visual debería contemplarse como un ejercicio de formas puras. Y si un historiador del arte como yo se dedica a aportar cierto conocimiento del mundo del entorno de la obra artística, este conocimiento lo único que hará será llenarte la mente con cosas irrelevantes que te distraerán de la contemplación de las relaciones formales internas del arte. Muchos de los que me habéis leído alguna vez coincidiréis con esta aseveración.

Muchos de los que estéis leyendo esto ahora es posible que también. Puedes estar de acuerdo con la teoría aislacionista, es tu derecho. En tal caso también puedes dejar de leer.

Frente al aislacionismo, el contextualismo sostiene que una obra de arte debería considerarse en su contexto o marco total, y que los muchos conocimientos históricos o de otro tipo enriquecen la obra, haciendo la experiencia global de ella más completa que observándola sin tales aportes. Si quieres mi opinión, no lo tengo demasiado claro. En todo caso no creo necesario defender una u otra de estas dos posiciones en su forma más pura e intransigente. Me gusta ser aislacionista con respecto a ciertas obras o clases de obras artísticas, y contextualista ante otras.

De cómo utilizar a nuestra conveniencia el relativismo o el objetivismo

Una premisa clave de muchas teorías artísticas es que la belleza, asimilada al arte, es una cualidad objetiva del mundo. Este punto de vista se conoce como objetivismo estético. Pero existe un punto de vista contrario que se conoce como relativismo estético. El relativista estético sostiene que los valores como la belleza, la elegancia, la fealdad, lo sublime o lo conmovedor dependen en gran medida de las preferencias de los individuos o las culturas. Así, por ejemplo, una estética subjetivista diría que todos los juicios estéticos están relacionados con el individuo. O como popularmente se expresa, que la belleza está en el ojo del espectador.

Existe incluso un relativismo estético-cultural que defiende que todos los juicios estéticos son relativos según las culturas particulares en los que se expresan. De acuerdo con el relativismo, una obra de arte, ya sea un poema o una película, no es hermoso en sí mismo, sólo lo es respecto a una persona o un grupo de personas.

Prar gustos, colores, me dirás. Pues te contesto que la afirmación de que todos los juicios estéticos son relativos a una persona o cultura es ciertamente discutible. Comparemos por ejemplo dos obras de arte. Supongamos que a tu hijo pequeño, a tu sobrina, o a tu hermanito, le encanta dibujar y en tu casa hay muestras de su obra reciente por doquier. Por lo tanto, podemos preguntarnos, ¿cómo podemos comparar la composición, en términos de calidad estética, de las obras de tu pequeño familiar con, por ejemplo, La Mona Lisa de Leonardo Da Vinci? Obviamente La Mona Lisa, probablemente, sea superior a los dibujos del chaval o chavala, a pesar de lo mucho que se esfuerce. Existen técnicas, capacidades, habilidades, que se convierten en un hecho objetivo, no es sólo una cuestión de preferencia individual o cultural. Aplicamos entonces, para algunas cuestiones, un punto de vista objetivista que puede dar cuenta de la distinción de sentido común que normalmente hacemos entre los gustos personales y la excelencia real en obras de arte. Así que si vamos a mantener que La Mona Lisa es mejor que el dibujo del/la chiquillo/a, tenemos que admitir que existen cualidades estéticas que son objetivas.

Pero hay otras que no. Y entre ellas se encuentra, por ejemplo, la belleza o la capacidad de transmitir ciertas sensaciones. Hay cualidades que no son una característica objetiva de las cosas. Y entonces estoy de acuerdo con el relativismo estético. En ciertos aspectos no hay obra de arte que pueda ser objetivamente superior a otra, porque hay cualidades totalmente relativas a la preferencia individual o cultural. Así que puedes llegar a preferir el dibujo de tu hijo a La Mona Lisa de Da Vinci, porque el primero es superior a la última para ti en cuanto a que te puede transmitir más sensaciones, traer más recuerdos, o llenarte de orgullo o amor, algo que difícilmente conseguirá La Gioconda. Es decir, en ningún caso se podría decir que la pintura de Da Vinci es estéticamente superior a la elaboración de un/a niño/a en un sentido absoluto.

El caso es aplicar el relativismo o el objetivismo dependiendo de los valores que queramos analizar en la obra. También debo hacerte considerar el hecho de que a menudo, tanto en el debate de la calidad de las obras de arte como en el devenir diario, cambiamos nuestras opiniones acerca de si una película, libro, canción o pintura es buena o no. Y creo que eso es bueno, después de todo.

De este modo, las obras que se muestran en Marte tienen valores cambiantes según quién y en qué momento se vean. No se puede ser más relativista. Estás invitado a experimentar.

El lenguaje

Todo sistema que sirve a los fines de comunicación entre dos o numerosos individuos puede definirse como lenguaje. Sin embargo, al definir el arte como lenguaje, expresamos con ello unos juicios determinados acerca de su organización.

Todo lenguaje utiliza unos signos que constituyen su vocabulario, todo lenguaje posee unas reglas determinadas de combinación de estos signos, todo lenguaje representa una estructura determinada, y esta estructura posee su propia jerarquización. Esas son las cualidades objetivas que debemos valorar. Para poder entender la información transmitida por los medios del arte es preciso entender su lenguaje.2

Si la obra de arte me comunica algo, si sirve a los fines de comunicación entre el remitente y el destinatario, en tal caso se puede destacar en ella la comunicación, el mensaje, lo que se me transmite; pero también el lenguaje, un determinado sistema abstracto, común para el transmisor y el receptor, que hace posible el acto mismo de la comunicación.

La distinción de estos aspectos se revela como esencial para el teórico del arte. Existe, aún hoy en día, una constante confusión entre la peculiaridad del lenguaje del texto artístico y su valor estético, con la afirmación permanente de que lo incomprensible es malo. Pero además se detecta también la ausencia de una distinción consciente de qué estamos valorando: el lenguaje artístico de una tendencia o de un artista, o un mensaje determinado transmitido en ese lenguaje. La elección, por parte del artista, de un determinado género, estilo o tendencia artística supone asimismo también una elección del lenguaje en el que piensa hablar con el lector.

Lo que, paciente lector, debes responderte a ti mismo es la cuestión de qué es lo que valoras más, si el lenguaje o la comunicación. Y en consecuencia funcionarán diferentes criterios de valoración. La cultura está interesada en una especie de poliglotía, pero no te preocupes, escojas lenguaje o contenido, no saldrás defraudado de Marte.

Transmisión e interpretación

Si lo importante ahora es el contenido, lo que transmiten estas obras, ¿cómo sabemos que transmiten algo? Además de ofrecerte mi propia experiencia personal, que es irrelevante, entre la comprensión y la incomprensión de la obra artística existe una amplia zona intermedia. Las diferencias en la interpretación de las obras de arte constituyen un fenómeno cotidiano que, en contra de una extendida opinión, no se debe a causas accesorias fácilmente evitables, sino a causas orgánicamente inherentes al arte.

Al menos y por lo que parece, a esta propiedad se debe precisamente la capacidad del arte de entrar en correlación con el espectador y de ofrecerle justamente la información que necesita y para cuya percepción está preparado.

En muchas ocasiones, al recibir un mensaje artístico el receptor construye un determinado modelo. De este modo, al pasar del emisor al receptor, puede aumentar el número de elementos estructurales significativos. Es éste uno de los aspectos de un fenómeno complejo y hasta ahora poco estudiado como es la capacidad de la obra de arte para acumular significados cuantos más espectadores sean.

Nos vamos acercando al meollo de la cuestión.

Scherzo de utopías y sinestesias

La palabra que expresa el deseo de conseguir una experiencia de fusión de sensaciones es sinestesia, cuyos fundamentos formuló Philip Otto Runge, pintor y poeta alemán, que defendía la armonía de las tres artes (la poesía, la arquitectura y la pintura), tomando como pegamento a la música. Es decir, que tiene que verse música a través de la letra de un poema de igual modo que en una pintura bella y en todo edificio hermoso.3 En una carta a su hermano Daniel del 4 de agosto de 1802, Runge explicaba que la imagen tenía que ser lo mismo que una fuga de música, que queda en una composición como algo entero y se dejan brillar las variaciones a través de ésta, entrando una y otra vez.

A pesar de que existen bastantes estudios sobre sinestesia, he decidido no hacerles mucho caso, pues cuando he intentado abordarlos, unos me han parecido cosa de brujería y otros directamente no los he entendido.

En mi opinión este tipo de sensaciones, como también las relacionadas con la sinergia, es decir, cuando en una totalidad todo afecta a todo, son sensaciones que, para ser plenamente experimentadas, no necesitan ser comprobadas ni siquiera tal vez comprendidas.

Cuando hablamos de experimentar las artes plásticas tenemos la tendencia de dirigir nuestra actividad mental hacia este tipo de cosas. Pensamos automáticamente en los efectos emocionales, fisiológicos y psicológicos del color, por ejemplo. He leído por ahí que existen oídos privilegiados que relacionan sonidos con colores pero también hay quien dice hablar con los muertos. En todo caso, y desgraciadamente, este es un fenómeno ligado siempre a la experiencia personal; imposible de comprobar y todavía más imposible de compartir.

Estaría bien sentir lo que siente cada artista, pero si no sentimos lo mismo, al menos que sintamos lo nuestro viendo su obra. Tal vez consigamos manifestar algún tipo de sinestesia, pues cada individuo tiene sus propias sensaciones y maneras de ver su realidad aunado a una característica de aleatoriedad neurológica. Se supone que hay personas que pueden ver colores sintiendo sólo la temperatura de un lugar, otras a las que mediante las emociones les llegan sabores, algunas que mediante el sonido reciben olores y las hay que mediante el sonido perciben sabores. Hay quien afirma que incluso hay casos sobre personas que pueden sentir el tacto cuando otra persona está tocando su rostro en un espejo. No se escandalicen, cosas así se han dicho del escritor Vladimir Nabokov (afirmaba que en su obra Lolita agregó códigos que sólo un sinestésico podría descifrar); de los músicos Stevie Wonder y Duke Ellington; de la actriz Marilyn Monroe; y más recientemente del guitarrista Eddie Van Halen, del rapero Pharrell Williams y de los cantantes y compositores Tori Amos y Billy Joel. He de aclarar que los que afirman estas cosas dicen que la sinestesia se da genéticamente, aunque una persona normal puede llegar adquirirla mediante fármacos alucinógenos. Eso explicaría la inclusión de varios de nombres en la lista anterior, pero tampoco hace falta que vengas drogado a Marte.

El dominio del tiempo

Otra cosa (hago un inciso): el artista plástico controla un espacio limitado. El espectador controla el tiempo, va deteniéndose en la lectura en los puntos que son más complejos, mientras acelera la mirada en otras partes de la obra.

Simple. Genial. Acabamos de cargarnos toda la teoría de que el tiempo no interviene en el arte plástico.

Porque lo que sí es cierto es que las artes aprenden unas de otras y sus objetivos a veces se asemejan. Vassily Kandisnky decía algo así como que el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que por esta o aquella tecla hace vibrar adecuadamente el alma humana.

Es curioso cómo tras ver las propuestas artísticas de Marte, mi mente me remitía más a ejemplos del mundo del cine, por encima de otros artistas. Quizá por aquello del control del tiempo en la mirada de la obra.4

Bueno, tenlo en cuenta. Fin del inciso.

Taumaturgia

Ven a Marte. Te hará bien. Te distraerás un rato.

La capacidad de percibir y apreciar el color y sus fenómenoses una característica universal y común a la gran mayoría de los seres humanos. El color y su percepción es, por una parte, un fenómeno visual que nace de la luz y, por otra, una sinestesia entre el objeto y el sujeto. En él participan una variedad de factores y condiciones que hacen posible la visualización del mundo que nos rodea.

Como sensación experimentada por los seres humanos y determinados animales, la percepción del color es un proceso neurofisiológico muy complejo en el que participan tres factores indispensables para su apreciación: un factor físico de la percepción visual del color que está integrado por las ondas electromagnéticas que componen el espectro, en especial y casi exclusivamente las que por su frecuencia pueden ser captadas por el ojo humano, es decir, la luz; un factor biológico determinado por los órganos de la visión, encargados de transformar las emisiones electromagnéticas en información que pueda ser registrada y analizada por nuestro cerebro; y un factor neuropsicológico, una vez sintetizada la información procedente de los órganos visuales, cuando el cerebro produce una respuesta o reacción en forma de emociones o conductas seguidas al estímulo visual, ya sea por asociaciones o analogías.

Es decir, que la distinta longitud de onda por la que el cerebro identifica un color determinado influye en las sensaciones que se manifiestan por todo el cuerpo. Dicho muy simplemente, un color es identificado por el cerebro porque los órganos visuales convierten el espectro de luz que reciben en unas ondas de alta frecuencia. Para producir esa frecuencia el cerebro necesita más oxígeno, lo que hace que se eleve sutilmente la velocidad de la sangre que lo transporta, es decir, provoca una pequeña subida de tensión. O dicho a lo bestia (con permiso de los especialistas que encontrarían mil matizaciones a esta afirmación), hay colores que nos suben la tensión, nos tensan, mientras que otros, con una longitud de ondas mayor, produce el efecto contrario. Eso es lo que decide el color de las corbatas de los políticos en los debates electorales, por ejemplo.

Existe otra posibilidad respecto a esta capacidad casi taumaturga del arte, que es la que a mí me parece más factible (tampoco hay que pasarse con las virtudes milagrosas), y es que la contemplación del arte actúe meramente como una distracción. Se sabe que la distracción puede tener efectos favorables sobre la percepción del dolor, el estrés o, simplemente, los problemas del día a día. El estrés se agrava mientras más pensamos en él, por lo que cualquier cosa que desvíe nuestra atención puede hacer que nuestra sensación de agobio disminuya. Ciertamente, el arte puede actuar distrayéndonos y apartando nuestra atención de eventos desagradables. Sin embargo, según muchos estudiosos del tema, esto no es todo. Aparentemente la contemplación del arte tendría la capacidad de evocar sentimientos y estados de ánimo que pueden ser de gran ayuda para controlar no sólo el dolor que nos causa vivir en este mundo, sino el temor y la ansiedad que nos acompañan y que exacerban la percepción de los problemas ante los que nos enfrentamos cada amanecer.

Exultante ante mi descubrimiento terapéutico, fui a regodearme al despacho de un compañero psicólogo en la universidad. Y va y me dice que ésta es una noción simplista. La idea de que las terapias de distracción tienen un efecto tangible en aliviar el dolor y que también impedirían el pensamiento acerca de cualquier cosa no es completamente cierta, me asegura. Pero muchas personas trabajan y estudian mejor rodeadas de arte, me defiendo. La pintura, mirada detenidamente, transmite unas sensaciones que no son las mismas que las de una pared pintada al gotelé, insisto. Probablemente hay una explicación neurológica a los efectos del arte, me replica. Y concluye, apaciguándome, que puede que no sea un lenguaje universal, pero ciertamente es un modificador universal de los estados de ánimo.

He decidido que no me importan las opiniones de los psicólogos si son contrarias a las mías. Si las artes tienen límites habrán de ser históricos pero no estéticos ¿no crees?

Lo importante5

Lo importante es que el artista en un vuelo audaz de su mente descubre en su obra lo ingenuo, lo precioso, los impulsos que le transmite su interior; lo importante son las obras que respiran y sienten, sufren y gozan.

Crear arte con maestría, y que en ésta el artista dibuje una forma reconocible, no es difícil de lograr; pero pintar un sentimiento es algo tan difícil que al lograrse merece un verdadero reconocimiento. Observando arte nos sabemos seres humanos, y sentimos que en algún momento de nuestras vidas somos parte de una misma humanidad.

A pesar de que no sé demasiado de nada, creo que no hay nada en este mundo que no se relacione. Entonces sí, siento que la naturaleza conceptualmente vaga que la palabra arte adquiere está definitivamente relacionada con la vida misma. Desde mi punto de vista, las dos se alimentan y no son entidades separadas. La vida es muy complicada como para vivirla sin el arte.

Joan Feliu (Universitat Jaume I /Valencian International University)

1 Clive Bell (1881-1964) fue un crítico de arte inglés conocido por su particular teoría del formalismo. Clive Bell (1958). Art, Londres: Capricornio Books.

2 Lotman, Yuri M (1982) Estructura del texto artístico, Madrid: Istmo, pp. 17-46.

3 Maur, Karin Von (1999). The sound of painting: music in modern art, London: Priestly Verlap.

4 Sangro Colón, Pedro (2000). Teoría del montaje cinematográfico: textos y textualidad, Salamanca: Publicaciones Universidad Pontificia de Salamanca/Caja Duero, pp. 338-341.

5 Ya era hora que llegara este punto, ¿no crees?



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