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bluesky macvac

Regalar moviments al vent

Vil·la Elisa 05.02 – 17.05.2026

Comissària: Patricia Mir

La respuesta estaba dentro de mí
Rozalén

La sala de exposiciones de Villa Elisa en el municipio castellonense de Benicàssim ha sido el escenario escogido para acoger una muestra que destaca por su delicadeza conceptual y su riqueza visual con un corpus de obras de primer nivel. El lema “Regalar movimientos al viento” es un título inspirado en un verso de la canción Y Busqué de la cantante española Rozalén. Este nombre no es un simple guiño literario, sino que refleja con precisión el hilo conductor de la exposición: un viaje hacia el interior, una introspección que propone hallar respuestas en la propia experiencia y no únicamente en lo que nos rodea. La colaboración entre el Ayuntamiento benicense y el Museo de Arte Contemporáneo Vicente Aguilera Cerni de Vilafamés (MACVAC) ha permitido que la muestra se nutra de un conjunto de obras de gran calidad y diversidad, en un diálogo entre generaciones, estilos y técnicas que refuerzan la idea de que el arte es un vehículo para explorar la dimensión más íntima del ser humano.
El planteamiento de la exposición es, en sí mismo, un recorrido metafórico. Algunas obras ofrecen un acercamiento directo al viaje interior. Así ocurre con “Dualitat” (1999) de la artista de Lorca Pilar Salas, una instalación que combina puertas recuperadas, papel hecho a mano, telas, maleta, silla y lámpara, y que se convierte en una reflexión sobre la dualidad entre el movimiento físico y la quietud interna. Se trata de una obra especialmente sugerente donde la artista ha diseñado una puerta falsa que esconde varias metáforas en torno al viaje. La primera es la necesidad del ser humano de salir fuera, para conocer el mundo y ampliar sus conocimientos. Reforzando este mensaje, una maleta apoyada contra la pared parece lista para que su dueño o dueña emprenda una nueva aventura. Pero después existe otro viaje para el que no necesitamos equipaje. O al menos no material. Es ese viaje hacia dentro, la necesidad del autoconocimiento. Y para ese viaje interior los objetos simbólicos están representados de manera física por una silla y una lámpara. La primera nos invita a sentarnos y a reflexionar. Solo cuando detenemos nuestra ajetreada vida y buscamos en nuestro interior podemos empezar a conocernos de verdad. Y para hallar esa luz nada mejor que una iluminación. Al fin y al cabo, es el viaje interior el que más ilumina.


Por cierto que la silla, elemento que se repite también en la obra de Picasso, “Ragazza seduta” (1955), y en “La noche trascendida” (2023) de Alejandro Mañas, simboliza un espacio de recogimiento y contemplación, un punto donde la mirada externa se vuelve introspectiva y donde se puede dialogar con uno mismo en silencio. La obra de Mañas, realizada en hierro esmaltado, terciopelo, bordado y óleo sobre lienzo, no solo impacta por sus dimensiones y materiales, sino también por la manera en que transforma el concepto de viaje en una experiencia tangible y sensorial. Alejandro Mañas describe esta obra como un reclinatorio con frases bordadas de la Noche Oscura de San Juan de la Cruz enfrentado a un lienzo que evoca una excavación arqueológica en la noche. Su intención es que el espectador no solo contemple, sino que se recline a meditar, que penetre en un espacio simbólico de silencio, memoria y trascendencia. La obra funciona como un puente entre lo terrenal y lo espiritual, entre el presente y la tradición mística, invitando a ese viaje interior que persigue la exposición. La dimensión espiritual y religiosa es el eje central de la producción de este artista castellonense que es Doctor en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia y director artístico de Espai Nivi en Culla.
El tema del viaje, tanto físico como emocional, se extiende a través de obras que evocan la memoria y la experiencia. Paqui Fuster, con “Postals per al record” (2020), propone postales de cerámica y óxidos unidas por cordones de cáñamo, que funcionan como fragmentos de memoria materializada. Cada postal es un pequeño universo que conecta lo cotidiano con la evocación de tiempos pasados. Sus piezas parecen guardar secretos de lugares que quizá nunca hemos visitado, convirtiéndose en viajeros silenciosos que llevan mensajes del pasado hacia el presente. Al recorrerlas, el espectador emprende un viaje íntimo, donde cada imagen es un susurro que invita a detenerse, recordar y soñar, como si cada postal fuera un pedazo de viento que transporta emociones y recuerdos a través del tiempo y del espacio. De manera similar, Cristina Navarro, con “Umbral” (1994), plantea un espacio simbólico de transición, un paso que nos lleva del mundo exterior a la intimidad de la percepción personal. Este “umbral” no es solo una metáfora física, sino también un punto de inflexión emocional y mental para quien observa la obra. Su forma conecta con la pieza de Pilar Salas reforzando el diálogo que las mismas piezas entablan entre sí.
Manuela Ballester, con su óleo sobre tabla “A la ventana ante el mar Báltico” (1976-1977) y que es la imagen de la muestra, aporta la contemplación de un espacio natural que se extiende hacia el infinito. La obra transmite serenidad y reflexión, invitando al espectador a un diálogo silencioso entre el entorno visual y su mundo interior. Un café, una pipa y un libro abierto, tres elementos que huyen de las prisas para sumergirse en la quietud. Y al fondo la contemplación del mar. Igual que ocurre con la sala que acaricia la orilla del mar Mediterráneo.
Otros artistas juegan con el concepto de viaje de manera más simbólica o indirecta. Salvador Dalí, con “El infierno. Canto 30” (1962), emplea la serigrafía sobre papel para explorar los laberintos de la mente y la condición humana. En esta obra del genio catalán la materia y la forma se disuelven como en un sueño líquido, donde los objetos y los cuerpos parecen derretirse y fluir, recordándonos la fragilidad del tiempo, la memoria y la identidad. Sus retratos y composiciones líquidas, como los relojes blandos de La persistencia de la memoria o la descomposición atómica de Galatea de las esferas, no son meros efectos visuales: son metáforas de lo efímero y lo esencial, un recordatorio de que la realidad, la memoria y el ser están en constante movimiento. Al contemplarlas, el espectador se encuentra ante un espejo líquido del alma, donde lo físico se transforma en símbolo, lo tangible se vuelve pensamiento, y cada fragmento flotante invita a la introspección, a percibir más allá de la superficie y a explorar la dimensión invisible que sostiene la vida y la existencia.


Frente a esta visión líquida tenemos a la granadina Marina Vargas, en su autorretrato “Asterión-El cuerpo revelado” (2020) que utiliza la impresión digital sobre papel Hahnemüle para transformar la vulnerabilidad del cuerpo en una experiencia poética y simbólica. Inspirada en el mito del minotauro de Borges y en su propia historia de supervivencia frente a la enfermedad del cancer, la obra convierte el cuerpo en un espacio de memoria, resistencia y renacimiento. La impresión digital de gran formato captura la tensión entre fragilidad y fortaleza, mientras que la composición sugiere un laberinto interior donde el dolor se resignifica como conocimiento y fuerza. Cada línea y cada sombra parecen dibujar no solo la anatomía, sino también la emoción y la espiritualidad contenida en la experiencia humana: un viaje íntimo que invita al espectador a mirar más allá de la superficie y a contemplar el cuerpo como territorio de transformación, introspección y revelación.
La serie “Paisajes líquidos” de Ana Vernia combina emulsión polimérica, pigmentos y grafito sobre papel, ofreciendo un recorrido fluido y onírico por las emociones y los recuerdos, donde la percepción se vuelve líquida y cambiante, reflejando la naturaleza mutable del pensamiento y la memoria. En su atractiva propuesta técnica confluyen ecos del arte urbano más gestual con técnicas más lentas como el óleo para los detalles jugando así con dos velocidades
La exposición también establece un diálogo generacional y técnico que enriquece la experiencia del visitante. Obras de maestros del siglo XX como Robert Motherwell, representante del expresionismo abstracto, con “Elegy to the Spanish Republic nº 51 y 52” (1958-1968), y Henri Cartier-Bresson, con “Funerailles de l’acteur de kabuki: Danyuro” (1965), se presentan junto a piezas contemporáneas de artistas como Walter Wail, “Qué bonito cuando las flores florecen” (2022), y Joan Callergues, “Estructura per a un somni” (2017). Esta convivencia entre distintas épocas no solo evidencia la evolución de los lenguajes artísticos, sino que también muestra cómo las preocupaciones humanas fundamentales -la memoria, la emoción, la percepción del mundo- permanecen constantes a lo largo del tiempo, aunque se expresen con medios y formas diversas.
El arte escultórico también tiene su espacio en la muestra, con obras que vinculan el espacio físico con la experiencia emocional. Alfonso Pérez Plaza, con “Pensador oprimido” (1984), utiliza bronce sobre acero corten para representar la tensión entre la mente y el entorno. El escultor y poeta Marcelo Díaz, en “Criar la luz” (2013), a través de la talla constructiva, sugiere una reflexión sobre la energía y la iluminación como metáforas de conocimiento y claridad interior.
Amparo Escrivá Palacios, con “Tren de cercanías” (1986), hace uso del óleo sobre lienzo para representar el movimiento cotidiano que, al ser contemplado, se transforma en un viaje meditativo y poético. Un viaje en tren puede ser especialmente evocador. La combinación de materiales y técnicas diversas amplifica la riqueza sensorial y conceptual de la exposición, haciendo que cada obra aporte un matiz único al tema central: la introspección y el viaje interior.

En un nivel más conceptual, obras de Jovita Pitarch, “Inquisitio” (2007), y la canaria Concha Jerez, con el tríptico “Tiempo. Límite. Interior” (2009), reflexionan sobre la temporalidad y los límites de la percepción. La utilización de lápiz y marcador en el caso de Jerez aporta un carácter inmediato y casi documental, mientras que la pintura de Pitarch exploran dimensiones espaciales y psicológicas que interpelan al espectador. Cada obra se convierte así en un espejo donde se refleja la propia experiencia interna, reforzando la invitación a mirar más allá de lo superficial.
El recorrido expositivo no solo se limita a la contemplación estética, sino que ofrece una experiencia sensorial completa. La textura de los materiales, la combinación de colores y la disposición espacial de las piezas generan un efecto inmersivo, donde el visitante se siente parte del viaje que propone la muestra. Desde los tonos cálidos de los óleos hasta los brillos y sombras del metal y la madera, cada elemento contribuye a construir un relato emocional y reflexivo. Incluso los formatos más pequeños, como las postales de Paqui Fuster o las piezas de Motherwell, adquieren un valor simbólico, recordando que la introspección no depende del tamaño ni de la magnitud de la obra, sino de la atención y el tiempo que el espectador dedica a ella.
A través del arte contemporáneo en “Regalar movimientos al viento” convergen la técnica, la emoción y la experiencia del espectador. La muestra demuestra que el arte puede ser una herramienta de autoconocimiento y reflexión, un medio para explorar los rincones más íntimos de la conciencia. La combinación de artistas más clásicos dentro de las vanguardias y neovanguardias del siglo XX con autores contemporáneos, de técnicas tradicionales y experimentales, de objetos escultóricos y obras pictóricas, crea un diálogo constante entre pasado y presente, entre exterior e interior, invitando a quienes la visitan a un proceso de descubrimiento personal que trasciende la contemplación visual.
Así, la exposición en Villa Elisa se configura como un espacio de encuentro entre el arte, la emoción y la introspección. Cada obra, cada material, cada gesto creativo, se convierte en un elemento que invita a la reflexión, al recogimiento y al diálogo interno. La exposición es, en suma, una invitación a la introspección, a la memoria y a la riqueza de la creación artística, un recorrido donde cada pieza es un movimiento que vuela al viento y encuentra eco en cada espectador. Y es que ya lo dice Rozalén en su canción: Siempre busco fuera lo que nace dentro.

Patricia Mir
Universidad Jaume I de Castelló

Obras:

-Manuela Ballester: ‘A la ventana ante el mar Báltico’

-Pilar Sala: ‘Dualitat’

-Cristina Navarro Buenaposada: ‘Umbral’

-Paqui Fuster: ‘Postals per al record’

-Alejandro Mañas: ‘La noche trascendida’

-Robert Motherwell: ‘Elogio a la República Española 51 y 52’

-Alfonso Pérez Plaza: ‘Pensador oprimido’

-Marina Vargas: ‘Asterión-El cuerpo revelado’

-Henri Cartier-Bresson: ‘Funerailles de l’acteur de kabuki: Danyuro’

-Salvador Dalí: ‘El infierno. Canto 30’

-Pablo Picasso: Ragazza seduta

-Salvador Montesa: ‘Estancia despojada V’

-Walter Wall: ‘Qué bonito cuando las flores florecen’

-Ana Vernia: ‘N.º 5. Serie ‘Paisajes líquidos’

-Marcelo Díaz: ‘Criar la luz’

-Joan Callergues: ‘Estructura per a un somni’

-Jovita Pitarch: ‘Inquisitio’

-Concha Jerez: ‘Tiempo. Límite. Interior’

-Amparo Escrivá Palacios: ‘Tren de cercanías’